Iron Man y su Armadura. El síntoma como aliado en nuestra estrategia de adaptación.

Mientas escucho la maravillosa banda sonora de la película Iron Man 2, compuesta por John Debney y luego de haber completado el contemplativo dibujo del señor Stark observando de manera reflexiva su casco, me adentro en una metáfora interesante de uno de los personajes de los cómics más famosos y, al mismo tiempo, enigmático en su propia psicología. Tony Stark, también conocido como Iron Man.

Este súper héroe, creado en marzo de 1963 (hace 54 años), por Stan Lee, Jack Kirby, Don Heck y Larry Lieber, no gozaba de mucha atención por parte de la cultura pop hasta que Marvel Studios hace su lanzamiento en el 2008, con la película Iron Man dirigida por Jon Favreau, dando inicio el Universo Cinematográfico de Marvel. La película pone a Iron Man en los ojos de todo el universo y grandes y chicos empezamos a prestarle más atención a este interesante personaje.

Como seguramente has leído en este blog, las metáforas y los súper héroes roban mi atención constantemente. Siempre he creído que los súper héroes son idealizaciones de lo humano y que lo que pasa en estos universos ficticios son creaciones que hablan de nuestros más profundos miedos, necesidades y anhelos. Creo que a la mayoría de los seres humanos, en nuestros momentos de ansiedad, dolor o estrés, nos gustaría tener un súper poder. Hasta las madres: Mi mamá a veces decía cuando estaba molesta: “me gustaría salir volando de acá o poderme desaparecer”.

La metáfora que traigo hoy, tiene el interés de mostrar cómo, en realidad, estos súper héroes y súper poderes, no son más que proyecciones de lo humano y que tienen una intención bien interesante de acompañarnos como un recurso en nuestra vida cotidiana, para soportarla, vivirla y aprender de ella.

Tendré como referencia la representación cinematográfica de Iron Man en este post, pues es la  más cercana que todos tenemos.

Anthony Stark, mejor conocido como Tony, es un magnate que se dedica al negocio de las armas a nivel mundial y al mismo tiempo, una de las mentes más brillantes del universo Marvel. En un viaje de negocios, el señor Stark es secuestrado por un grupo terrorista, con la demanda de que no será liberado hasta que construya una de sus más recientes y letales creaciones. En el proceso del rapto, Tony es herido gravemente cerca al corazón, unas esquirlas quedan peligrosamente cerca al mismo, lo que hace que genere una estrategia, a través de un reactor nuclear para mantener las esquirlas lejos de su corazón y mantenerse con vida.

Al mismo tiempo, Tony se rehusa a crear el arma para los terroristas. En cambio, lo que hace es crear un traje, o mejor dicho, una ARMADURA que le permite escapar del grupo terrorista. Al regresar del cautiverio, Tony decide parar el negocio de las armas y dedicarse a la innovación tecnológica en otros frentes. Y claro, elige crear una armadura más sofisticada, al inicio como una curiosidad científica y luego como una estrategia para hacerle frente a las amenazas que se presentan en su cuidad y en el planeta. A medida que avanzan las películas, tanto las de Iron Man como las de Avengers, vemos como sus armaduras van adquiriendo más y más modificaciones hasta llegar a tener armaduras específicas para las diferentes situaciones.

Ahora, llevando esta metáfora al mundo cotidiano y a la psicología humana, mi opinión, es que todos nosotros tenemos armaduras. Es decir, todos nosotros desarrollamos una estrategia para solucionar algo en el pasado y esta nos funcionó tan bien, que empezamos a usarla para el resto de las cosas y generalizamos la experiencia, de tal forma que empezamos a usar esta armadura para todo. En el caso de Tony es muy explícito: tuvo la necesidad de enfrentarse a una situación de alto estrés que le exigió buscar los recursos (internos y externos) a la mano, dando lugar a la armadura.

Ahora bien, en ese momento surgió lo que llamamos en la psicoterapia gestáltica: un un ajuste creativo. Una estrategia de adaptación a la situación presente que, poco a poco, se convierte en una herramienta para poderla usar en el resto de situaciones de estrés o de exigencia de recursos. A veces estas armaduras pueden acompañarnos por el resto de la vida de manera adaptativa y ser excelentes herramientas de trabajo, como el orden, la rigidez, el perfeccionismo, la sensibilidad y cualquier rasgo de personalidad.

En otras ocasiones, esta armadura, al convertirse en la única forma de responder a las situaciones exigentes del entorno, es ya una respuesta ensayada, no adaptativa. En ocasiones vemos a Tony Stark vistiendo la armadura en otras situaciones: en fiestas, en presentaciones en vivo, incluso en momento de tristeza e ira, la armadura se convierte en el refugio de Tony. El magnate de la tecnología, poco a poco se sobreidentificó con su armadura. A tal punto que esto le reta en su relación de pareja y en otros ámbitos de su vida, como lo vemos en Iron Man 3. En esta última película, su sobre identificación con Iron Man, llega a un punto en donde la línea entre su vida personal y su vida de héroe colapsan y la armadura es tan importante para Tony que empieza a crear miles de versiones de la misma. Y eso es algo que hacemos con frecuencia, cuando tenemos una estrategia útil, la convertimos en una respuesta ensayada y tendemos a generalizarla para la mayoría de situaciones en la vida y la editamos un poco, sin embargo, en esencia sigue siendo la misma “armadura”.

Uno de mis consultantes es un hombre que consulta porque tiene un muy mal genio. Es impulsivo, grita, rompe cosas y le cuesta manejar la ira. Consultó porque empezó a reaccionar con ira por pequeñeces, sus relaciones empezaron a convertirse en grandes tormentas llenas de discusiones y agresiones. Su armadura era el Mal Genio era la protagonista. Esta armadura se la puso desde muy pequeño, cuando notó que, a través del mal genio, en la adolescencia, podría frenar el maltrato físico de su padre. A través de esta armadura, puedo andar por la vida defendiéndose de los abusos de parejas, jefes, compañeros de estudio y de trabajo y siempre tuvo una gran habilidad para poder reclamar cuando le pasaban cosas que le parecían injustas. Fue modificando la armadura y en ocasiones eran disertaciones en redes sociales de crítica política, en otras ocasiones eran creaciones intelectuales importantes y en otras la capacidad de que en su casa nadie le dijera nada para evitar su disgusto. Hasta cierto punto, esta armadura le fue muy útil en su camino. ¡Como para Tony!.

A medida que se iba generalizando esta estrategia para las situaciones exigentes, empezó a encontrarse con que no era del todo funcional, que estaba dañando a otros con sus reacciones exageradas, estaba cerrando puertas, perdiendo amigos y, la razón por la que consultó, perdió a su pareja. ¡En ese momento la armadura dejó de ser totalmente útil y también se convirtió en un síntoma!.

En psicología le llamamos síntoma a algo que afecta el funcionamiento cotidiano de una persona y la trae malestar. En el momento en que nuestras armaduras dejan de ser funcionales, las empezamos a ver como síntomas. Lo que en un momento fue una estrategia de adaptación, se convierte más adelante, también en un obstáculo para la solución de los diferentes problemas.

En el caso de este consultante, el camino fue darse cuenta precisamente de esto: que la ira no era la única estrategia con la que contaba. No necesariamente era renunciar a las utilidades de la ira, sino aprender a usarla y sí entender que la armadura no es la única estrategia posible. Aprendió a manejar la ira como una estrategia para poner los límites, sin necesidad de usar la agresión o el maltrato. Y, al mismo tiempo, entendió que existen otras estrategias u otras armaduras diferentes. Así como también otros súper poderes.

En resumen. Algunas experiencias de nuestra vida, nos invitan a crear ciertas armaduras que se convierten en nuestras estrategias preferidas y conocidas. Algo así como pilotos automáticos de respuesta frente a las situaciones exigentes. Con el paso del tiempo, estas respuestas automáticas suelen generalizarse, empezando a crear dificultades en nuestra vida cotidiana pues estas armaduras no pueden ser solución para todo. Así las cosas, nos vemos obligados a reinventarnos, no necesariamente con la necesidad de renunciar a esa armadura si aún nos sirve para algo, y sí con la necesidad de encontrar nuevas formas para responder a las exigencias de nuestra vida.

¿Y tú, sabes cuáles son tus armaduras?

¡Un placer tenerte de vuelta!

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¡Hasta la próxima!