Ignorancia como herramienta de empatía y algunas reflexiones sobre la naturalidad en la seducción.

Seguramente te has encontrado en la siguiente situación en algún momento: cuando estás interactuando con un grupo en el que te acaban de presentar, sientes que no encajas, que no perteneces a esa situación, miras el reloj insistentemente con el fin de saber cuándo es un momento prudente para salir corriendo de ahí o simplemente tu lenguaje no verbal se cierra totalmente proyectando una imagen de timidez o de indiferencia, haciéndote pasar por odioso.

He vivido ese estado en repetidas ocasiones, aún me pasa en algunas oportunidades; siento que no encajo y que estoy a sólo una palabra, un gesto, un movimiento de mi cuerpo para hacer un gran ridículo (incluso he hecho algunos).

Creo haber descubierto una forma al hacer un examen introspectivo de mi pasado y, al mismo tiempo, también lo he descubierto en mis interacciones con mis clientes de Coaching y WebCoaching. Lo delicioso del Coaching es que no sólo le proporciona crecimiento a mis clientes sino que a mí también me genera aprendizajes y descubrimientos valiosos como este: UNO de los focos de la ansiedad en la capacidad para integrarnos a los grupos es, básicamente, que muchas veces nos sentimos mal por no tener conocimiento sobre el tema de conversación que el nuevo grupo está llevando a cabo.

Esa es una de las afirmaciones más frecuentes que hacen mis clientes y que yo también usaba en ocasiones para enfrentarme a un nuevo grupo es: Prefiero no estar ahí con ellos, porque no sé de qué hablar con ellos, porque no los conozco.

Pues bien, no conocer es la razón misma que debe motivar el conocer. Cuándo no sabes sobre seducción, sientes la necesidad de aprender sobre seducción; cuándo no sabes nada sobre el grupo, la ignorancia sobre el mismo es la herramienta para entrar en la conversación.

Seguramente te estarás preguntando a esta altura del post: “¿Pero cómo es posible que la ignorancia sea algo útil o algo positivo en tal situación?”. Bueno, contestaré desde mi propia experiencia.

Cómo ustedes saben soy psicólogo y filósofo, dos profesiones que tienen como característica la particular tendencia a explicar todo, a tener una opinión o una respuesta a todo. Mi entrenamiento mental en estas dos carreras, me generó un hábito desagradable en mis conversaciones y en mis interacciones con los grupos: una necesidad constante de dar una respuesta a todo y a no demostrar que era ignorante al respecto de algo, de lo que fuera, así fuese el tema más superficial (aunque no creo en que lo superficial exista en términos de la psicología humana), siempre quería tener algo “inteligente” que decir; era una necesidad impresionante de demostrar que sí sabía y de ocultar mi ignorancia frente a lo que se hablaba.

Este desagradable hábito, y además sobre estimado en nuestra cultura, generaba dos consecuencias (las cuales veo constantemente en mis clientes que han sobre estimado el estar altamente informados):

Proyección de una personalidad antipática: Descubrí que la gente evitaba tener conversaciones conmigo ya que siempre terminaba monopolizando la conversación con mis apuntes, datos curiosos y comentarios “inteligentes” frente a los temas que estaban sobre la mesa. ¡Me convertí en un pedante sabelotodo! Aunque no siempre sabía y cuándo no sabía sobre el tema, me callaba y me enroscaba en mi mismo, literalmente: cruzaba los brazos, me ponía serio, miraba el reloj, miraba para otros lados del sitio o recinto en el que me encontraba a ver si encontraba algo interesante, algo que yo pudiese dominar. La percepción del grupo era que yo era un antipático disfrazado de tímido.

Ansiedad generalizada. Ya sabiendo que la gente me veía como a un antipático y pedante sabelotodo que no lo sabía todo, lo que siguió una inseguridad bastante grande en la que empecé a sentir que me quedaba solo, nadie quería hablar conmigo, nadie me quería dirigir la palabra e, incluso, dejaron de invitarme a las reuniones porque sentían que yo la iba pasar mal o porque le amargaría el rato a mis amigos. Empecé a tener esta sensación en todas partes, incluso en aquellas situaciones en las que esa dinámica era aceptada. Conclusión: me empecé aislar. Y empezó a generar una conducta de que si no conocía totalmente una situación social, la que fuese, no me incluiría en ella.

Estas dos consecuencias son muy frecuentes y, además, generan siempre esa dificultad en las relaciones con los grupos y también con las demás personas. Quiero decir en este instante que lo que voy a enseñarte hoy, no sólo es aplicable para los grupos, también para las conversaciones uno a uno, incluso tiene una aplicabilidad muy grande en los negocios y la educación.

La vía para evitar estas dos consecuencias, es aprovechar nuestra ignorancia cuando no sabemos de un tema. Te lo explicaré con un ejercicio. Querido lector@, este ejercicio te enseñará cómo aprovechar tu posición de ignorancia en una situación en la que no conoces un tema o, simplemente lo dominas muy poco. Gracias a esta nueva actitud de asombro y fascinación empezarás a vivir realmente todas tus conversaciones. Esa es mi promesa, esa es mi intención el día de hoy.

Es un ejercicio muy simple, empiézalo con las conversaciones que tienes a diario, con tus amigos, con tus familiares, con todo el mundo. La sencillez de este ejercicio es tan clara que es posible que te sientas bastante tentado a no hacerlo y podrás decirte a si mismo que no sirve, por eso el reto de hoy aceptarás es simplemente aplicarlo y evaluar cómo cambian tus conversaciones que, serán más largas, más interesantes y más empáticas.

Cuando estés hablando con cualquier persona y detectes algo que no sabes o que no dominas, usa la siguiente frase: “¿Sabes? yo de ese tema no tengo ni la menor idea y siempre he querido conocer un poco”. Esto tiene dos efectos en extremo interesante: primero, la persona se sentirá escuchada y estará en una posición de poder aventajada en la conversación, lo cual le genera un clima emocional interesante y un rol bastante activo en la conversación. Segundo, tú estarás en una actitud de escucha que hará sentir al otro doblemente bien. ¡A todos nos encanta sentirnos escuchados!

Recuerda la frase:

“¿Sabes? yo de ese tema no tengo ni la menor idea y siempre he querido conocer un poco”.

Puedes intentar variaciones como:

“Oye, eso que me cuentas está interesante, cuéntame un poco más”
“¿Cómo es que ustedes dos se conocen? (Grupos)”
“¿Y tú, cómo es que terminaste en esta reunión, también eres un colado como yo? (Grupos)”

Hay muchas formas de hacerlo. La clave de este ejercicio o estrategia es volverlo un hábito dentro de los ámbitos que ya manejas. Incluso puedes aplicarla en las salas de chats de grupos o en tus conversaciones online. A medida que lo usas en las situaciones en las que tienes confianza y no sientes ansiedad social o cosas por el estilo, lo empezarás a incluir al interior de tus repertorios naturales.

Acá cabe una interesante reflexión. Siempre que le cuento esto a mis clientes, ellos, bien ilustrados en métodos como el de Mystery en el que inauguraron el mito que tienes que usar frases atípicas y extravagantes para poder generar una impresión interesante y sobresalir, me dicen: “pero ¿esas no son frases que todo el mundo dice, no son acaso aburridas?” a los que yo respondo siempre: “no importa, la gente no se espanta frente a lo típico y lo normal, te estás integrando al grupo, estás conociendo a la gente y se vale hacer preguntas típicas y normales, no corres el riesgo de generar resistencias en personas, ya que no todo el mundo responde bien a esas frases como “¿de qué sabor te gustan las almohadas?”. Lo típico no funciona cuando le tememos y sale de nuestras bocas con una voz de idiotas, en cambio, manifestado con genuino interés de saber lo que pasa, de aprender quizá o de conocer a la otra persona, lo típico entra como una conversación normal, como una conversación entre dos o varias personas de manera natural.

Otra reflexión. No sé de donde viene la idea de que la seducción tiene una alta aplicabilidad en los ámbitos sociales externos y extraños a uno mismo. En realidad, la mejor forma, desde mi punto de vista, de adquirir naturalidad en la seducción es empezar a mejorar las interacciones que ya manejas. Imagina lo siguiente, estás en tu sitio de trabajo aplicando esta nueva actitud de ignorancia persuasiva, y todas tus conversaciones empiezan a ser interesantes, empiezas a ser un buen conversador y tu círculo social, por a poco, empezará a ampliarse. ¡Es un hecho!

Para finalizar, esta es sólo una de las muchas estrategias que hay al interior de las conversaciones, sin embargo, es bastante útil. Más adelante exploraremos otras estrategias y hábitos de la conversación que te llevarán a ser un seductor natural.

Así es, se puede llegar a la naturalidad en la seducción, aquellos que son considerados como “seductores naturales” simplemente aprendieron todo esto de manera inconsciente, pero lo aprendieron; así mismo, cuando insertas comportamientos en tu cotidianidad a manera de hábitos, te volverás también, poco a poco, un seductor natural.

Y recuerda: SI ESTÁS COMPROMETIDO O COMPROMETIDA CON TU CRECIMIENTO PERSONAL, CUENTAS CONMIGO.